El gran bostezo

Columnas Internacional

El gran bostezo, por Rubén Adrián Valenzuela (*)

“A escala cósmica somos tan absolutamente insignificantes y pintamos tan poco en los planes divinos -si es que hubiera algún plan para nosotros-, que resulta incomprensible que nos pasemos la vida matándonos unos a otros, en guerras indecibles, con dioses vengativos y profetas no afeitados” R.A.V

El gran bostezo. Si cogemos un puñado de azúcar con la mano y lo arrojamos con fuerza al centro de una mesa de comedor, tendremos una breve representación de lo que fue el “big bang”. Y si luego, al sacudirnos, vemos que algunos granitos han caído lejos, cerca de los márgenes que conducen al abismo, tendremos la exacta dimensión de lo que representa la tierra y la galaxia en que se mueve.

No somos nada y tenemos la pretensión de estar hechos a imagen y semejanza del Creador, de ese Gran Hacedor que nos puso en la periferia de todo, lo mejor de sus energías e imaginación a construir galaxias en las que hay, como en la de Andrómeda, hasta un billón de estrellas, todas más grandes que nuestro Sol. ¿Por qué, pues, iba Dios a interesarse por crear vida inteligente, solamente, en este penúltimo granito de azúcar de la Vía Láctea, una más de las casi 50 galaxias que forman el llamado Grupo Local?

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Ricard Casas, director del observatorio de la Agrupació Astronómica de Sabadell no compara la galaxia en que nos movemos con un puñado de azúcar, sino con una ensaimada “con un abultamiento en el centro y cuatro grandes brazos enrollados a su alrededor”.

El sistema solar, el que nos da vida y -de momento- estabilidad, está casi en el borde exterior de uno de estos cuatro brazos de la gran ensaimada, nada más y nada menos que a 26.000 años luz del centro de la Vía Láctea, a la que, por otra parte, no le quedan más que unos dos mil millones de años de vida.

A escala cósmica somos tan absolutamente insignificantes y pintamos tan poco en los planes divinos -si es que hubiera algún plan para nosotros-, que resulta incomprensible que nos pasemos la vida matándonos unos a otros, en guerras indecibles, con dioses vengativos y profetas no afeitados.

Si verdaderamente existe un cielo al que iremos después de morir, no será ni a las estrellas, ni al Sol ni a las galaxias lejanas. Tampoco viajaremos a un gran agujero negro en el que desapareceremos para reaparecer, convertidos en luz, al otro lado del intestino del Gran Arquitecto. Estaremos en el cielo simplemente con desaparecer de este mundo, el verdadero infierno, en el que hemos venido a parar por nuestros pecados pasados, por nuestras guerras sin remisión, por nuestros crímenes sin perdón.

Viajamos a bordo de un planeta que se mueve a razón de 30 kilómetros por segundo. La Tierra va buscando al Sol que, a su vez, se desplaza a  217 km/s en pos del centro de la Vía Láctea (nuestro granito de azúcar suburbial) que se dirige a velocidad de vértigo hacia un choque con la galaxia de Andrómeda, donde seremos engullidos… ¿para siempre?

Todo está previsto ya y el cataclismo ocurrirá, de modo inexorable, dentro de unos dos mil millones de años luz, es decir, en un bostezo del Gran Creador.

 

ruben adrian valenzuela(*) Rubén Adrián Valenzuela, periodista y escritor chileno radicado en España

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