ALA Architects 20190102 Helsinki Central Library Oodi

En Finlandia, las bibliotecas ya no se miden por sus libros

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En Helsinki, una biblioteca puede ser al mismo tiempo sala de estudio, estudio de grabación, taller de costura, punto de encuentro y refugio contra el frío. En Finlandia, estos espacios dejaron de ser depósitos de libros para convertirse en una pieza concreta de la vida en común.

Antes de las ocho de la mañana, en pleno invierno, ya hay gente esperando frente a Oodi, la biblioteca central de Helsinki. Cuando las puertas se abren, algunos entran corriendo. No van necesariamente a buscar un libro. Van a trabajar junto a una ventana, a reservar una sala de ensayo, a estudiar, a tejer con desconocidos, a practicar finés o a pedir una pelota para salir a la cancha. La escena desarma de inmediato la imagen de la biblioteca como santuario silencioso de la lectura. En Finlandia, la biblioteca pública es otra cosa: un lugar de trabajo, de encuentro, de abrigo y de uso compartido. Un espacio donde se puede pasar la mañana sin gastar un peso y sin tener que justificar la propia presencia.

Eso es lo que vuelve singular al modelo finlandés. Las bibliotecas ya no se valoran sólo por la cantidad de libros que prestan, sino por el papel que cumplen en la vida social del país. Oodi —elegida en 2019 como la mejor biblioteca nueva del mundo— es la versión más visible de esa transformación, pero no la única. En Finlandia, las bibliotecas dejaron de ser edificios pensados para almacenar libros y pasaron a funcionar como una infraestructura pública de acceso: a herramientas, a espacios, a conocimiento y a tiempo compartido.

La comparación con otros países vuelve esa apuesta todavía más nítida. Mientras en Estados Unidos y el Reino Unido centenares de bibliotecas públicas han cerrado en los últimos años o han sido traspasadas a sistemas de voluntariado, Finlandia ha seguido ampliando y fortaleciendo su red bibliotecaria. Para una población de 5,6 millones de habitantes, el país cuenta con más de 700 bibliotecas. Y en ellas se puede pedir prestado bastante más que novelas, ensayos o álbumes infantiles: también hay estudios de podcast, impresoras 3D, máquinas de coser, raquetas de tenis, videojuegos, juegos de mesa, salas de reunión e incluso pases para piscinas.

Lo que esos espacios prestan ya no son sólo objetos, sino posibilidades. La posibilidad de trabajar en un lugar cálido y gratuito. De usar una máquina que no tendría sentido comprar para una sola vez. De imprimir una partitura, grabar una maqueta, organizar una reunión, aprender un idioma o simplemente pasar la tarde sin consumir nada. En una época en que casi todos los espacios urbanos exigen una transacción —un café, una entrada, una suscripción, una compra—, la biblioteca aparece como una rareza: uno de los pocos lugares donde todavía se puede estar sin pagar, permanecer sin dar explicaciones, ocupar el tiempo sin convertirse en cliente.

City of Helsinki 20181203 Helsinki Central Library Oodi

Ese desplazamiento, del libro al acceso, no surgió de la nada. Tiene raíces en una cultura del préstamo y del uso compartido que en Finlandia responde menos a una retórica idealista que a una forma de pragmatismo. En las zonas rurales, compartir herramientas y maquinaria agrícola fue durante mucho tiempo una práctica habitual. En las ciudades contemporáneas, esa lógica se traslada a otros objetos y necesidades. Si alguien necesita una máquina de coser una vez al año, ¿por qué tendría que comprar una? Si un estudiante no tiene un lugar tranquilo donde trabajar, ¿por qué no ofrecérselo? La biblioteca funciona, en ese sentido, como una forma concreta de redistribución: no entrega dinero, pero sí espacio, herramientas, tiempo y acceso.

En Helsinki, según ha explicado Katri Vänttinen, directora de servicios bibliotecarios de la capital finlandesa, después de los libros lo más solicitado en las bibliotecas son precisamente los espacios: salas que se reservan sin costo para estudiar, reunirse, tocar música o conversar. Entre los objetos portátiles, destacan los juegos de mesa y los videojuegos. El dato puede parecer menor, pero condensa un cambio profundo: la biblioteca ya no se define tanto por lo que guarda como por lo que habilita.

Los números ayudan a dimensionar hasta qué punto ese modelo está integrado en la vida cotidiana. Según datos oficiales, el 55% de los finlandeses visita una biblioteca al menos una vez al mes, y el promedio anual de uso alcanza 9,1 visitas por persona: una cifra muy superior a la de Estados Unidos, el Reino Unido o el promedio de la Unión Europea. Pero incluso esos números no alcanzan a explicar del todo su valor. El punto no es sólo cuántas veces se entra a una biblioteca, sino qué tipo de relación social hace posible.

La profesora Noora Hirvonen, de la Universidad de Oulu, ha insistido en que las bibliotecas forman parte de la infraestructura democrática del país. La expresión puede sonar grandilocuente, pero nombra algo concreto: una democracia no se sostiene sólo en elecciones, leyes o parlamentos. También necesita lugares donde la ciudadanía pueda informarse, reunirse, aprender, disentir y circular por el espacio común sin ser tratada como clientela. En una biblioteca pública conviven estudiantes, jubilados, profesores, desempleados, niños con sus padres y personas sin hogar. No porque el edificio suspenda las desigualdades, sino porque ofrece uno de los pocos espacios donde esas diferencias no determinan de antemano quién tiene derecho a entrar, permanecer y usar lo que hay allí.

Foto: Liu mingyang
Foto: Liu mingyang

Esa dimensión no es una consecuencia lateral del sistema, sino uno de sus principios. La Ley de Bibliotecas finlandesa establece que las bibliotecas públicas deben promover la democracia, la libertad de expresión y la ciudadanía activa. No se las concibe sólo como un servicio cultural, sino como una pieza del funcionamiento democrático: un lugar donde el acceso al conocimiento no dependa del ingreso y donde la conversación pública tenga, además de pantallas, una materialidad compartida.

Mirada desde ahí, la escena de Oodi adquiere otro espesor. No es sólo la imagen de una biblioteca exitosa, sino la de un servicio público que todavía consigue ser percibido como algo valioso, propio, común. Y eso, en una época de privatización de la vida cotidiana, no es poca cosa.

También por eso el contraste con los países que han optado por recortar sus bibliotecas resulta tan elocuente. Antes de mudarse a Finlandia, Chris Stephenson trabajó durante veinte años en bibliotecas del Reino Unido y fue testigo del cierre de muchas de ellas. Lo que desaparece con esos cierres no es únicamente un edificio con libros, sino una forma de presencia del Estado en la vida diaria: un espacio de acceso gratuito, un punto de encuentro barrial, una red de apoyo silenciosa para quienes estudian, buscan trabajo, necesitan conexión a internet o simplemente un lugar donde pasar la tarde.

El círculo de los recortes

Hirvonen advierte, además, que los recortes suelen producir un círculo vicioso. Se reducen horarios o servicios con el argumento de que una biblioteca está subutilizada; como consecuencia, bajan las visitas; esa baja se usa luego como prueba de su supuesta irrelevancia y sirve para justificar nuevos recortes o incluso el cierre definitivo. La pregunta, entonces, no debería ser únicamente cuánta gente usa una biblioteca, sino por qué no la usa. ¿No la considera valiosa? ¿No puede acceder a ella? ¿No sabe que existe?

Tal vez esa sea una de las lecciones más interesantes del caso finlandés: una biblioteca no es importante únicamente por lo que presta, sino por el tipo de sociedad que ayuda a sostener. Una sociedad que financia bibliotecas como Oodi o Saari, la biblioteca central de Oulu, está diciendo que el acceso a la cultura no debe limitarse a una élite, que el conocimiento no es una mercancía y que la vida en común necesita lugares concretos donde ocurrir.

Durante años, las discusiones sobre bibliotecas parecieron estar dominadas por una pregunta defensiva: para qué sirven en la era digital, cómo justificar su existencia cuando casi todo parece estar disponible en internet. Finlandia ensaya una respuesta distinta. La biblioteca sigue sirviendo justamente porque nunca se trató sólo de libros. Sirve porque ofrece un espacio no regido por la lógica del consumo. Porque presta no sólo objetos, sino condiciones de posibilidad. Porque reúne a personas que de otro modo quizá no compartirían nada. Porque resiste, a escala cotidiana, la idea de que toda necesidad debe resolverse en soledad y con dinero propio.

Quizá por eso la imagen de una fila esperando la apertura de una biblioteca en pleno invierno no tenga nada de extravagante. Tal vez sea, más bien, una de las escenas más nítidas de lo que un servicio público puede llegar a ser cuando se lo piensa no como gasto, sino como una forma de cuidado colectivo.

Fuente: BBC

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