Por Ana Rosa Romo
Ignacio Núñez trabajaba en una maestranza y en ese lugar conoció a una persona que lo hizo interesarse en la orfebrería y el arte.
“Estudié en un liceo industrial, en San Fernando, la carrera técnica de estructuras metálicas. Tenía 19 años cuando me fui a trabajar a una maestranza súper grande, con diferentes áreas, donde trabajaban muchas personas”, cuenta Ignacio Núñez.
Cuando en la maestranza, realizaba su práctica profesional y conoció a un maestro, que le abriría el camino hacia la orfebrería.

“No recuerdo su nombre, trabajaba en el mismo galpón, pero en otro sector, y un día me puse a observar lo que hacía. Metía la mano en un tarro sacaba algo mojado y lo llevaba a un esmeril angular. Y me invitó a conocer lo que hacía. Vi el tarro con agua, unas tuercas de acero inoxidable, el esmeril, unos cuantos discos, y de un cajón sacó una caja de cartón chiquitita y me mostró varios anillos hechos de tuercas de acero inoxidable”.
Comprendió que el proceso para llegar a eso consistía en pulir las tuercas, dejar una sola cara plana, redondearla y luego tallar con esmeril y sierra distintos diseños como flores, líneas u otros.
El “maestro orfebre” vendía sus productos en la población en que vivía. Entonces, Ignacio se decidió por el camino de las joyas.
“Empecé haciendo unas medallas de acero inoxidable, que trabajaba ahí en la maestranza, donde me permitían hacerlo. Obvio que no entendía mucho de joyería, sólo había descubierto cómo se hace un anillo de una tuerca, pero cómo hacer un anillo de plata, de cobre, de oro, no tenía idea. No sabía que había herramientas específicas”.
Aún no estaba en la senda definitiva. Ignacio durante un tiempo estudió escultura en una escuela artística de San Fernando, su ciudad natal. Y se olvidó de las joyas, hasta que tiempo después se relacionó con artesanos orfebres.
“Siempre preguntando, fui adquiriendo el oficio. Y hasta hoy sigo preguntando en la internet, donde encuentro información escrita, videos, foros, donde uno puede ir aprendiendo”
Núñez, escultor y orfebre, oriundo de San Fernando, hoy vive y trabaja en Concón, lugar en que comparte el taller Muerde con su pareja, la artista visual Alena Arrayán. Lleva 15 años de trayectoria en el arte de transformar metales, maderas y piedras preciosas en colecciones de originales joyas.
PD: en la foto de portada aparece Ignacio junto a la locomotora que creó por encargo del futuro museo del cobre en Chiloé.